Carne

Arte extraído del creepypasta Mystery Flesh Pit

¡Bienvenidos al Laboratorio de Mundos basado en la Carne!



Mundo I
por Morrigang

«No veo lógico rechazar datos porque parezcan increíbles.»
Fred Hoyle

Carta del Doctor Orestes Cenizo, catedrático emérito de la Facultad de Ciencias Químicas y Biomoleculares de la Universidad de Aicnelav, sobre los acontecimientos ocurridos en la ciudad de Valencia del Mundo Espejo.

Una concatenación de catastróficas desdichas

A quien corresponda:

Muy grandemente lamento lo ocurrido en los últimos tiempos en el mundo espejo al nuestro, y, en especial, lo sucedido en la zona refleja en la que trabajo y vivo. Pero empezaré desde el principio. Un evento de aparente poca importancia desencadenó los infaustos acontecimientos que ahora sufrimos, en su mundo y en el mío. Sucedió en mi juventud, cuando aún era un estudiante de posgrado. Estaba practicando paracaidismo con mis amigos de secundaria, cuando dio comienzo esta serie de horribles acontecimientos.

Una avioneta bimotor nos había llevado a cuatro mil metros de altitud en el Rallober, la popular zona de Aicnelav para los deportes aéreos. Mis amigos y yo saltamos los cinco, uno por uno. Estábamos todos en el aire cuando sentí un golpe tremendo en la boca, como si me hubieran traspasado un millón de agujas al rojo vivo. Yo había saltado el tercero, por fortuna, por lo que mis amigos pudieron ocuparse de mí en el aire. No llegué a perder del todo la consciencia, de modo que pude observar las burbujas de sangre que se formaban y desaparecían flotando, y la caravana de diminutos meteoritos que me habían traspasado la cara.

Una vez en tierra, fui llevado al hospital y atendido en urgencias, donde me informaron —tras el estudio de mi sangre— que las heridas sanarían, aunque me quedaría una horrible cicatriz en la cara, y que era portador del virus del papiloma humano. Quedé estupefacto. Jamás imaginé que podría haberme contagiado, ¿quién en su sano juicio hubiera desaprovechado la ocasión de practicar sexo oral con la pibita más buenorra del campus?

Las piedras que me habían herido tenían origen en una lluvia de meteoroides modelo panspermia y estaban cargados de ARN activado. El infortunio quiso que se fusionaran en aquel preciso instante: el ARN exógeno, el virus del papiloma humano procedente de mi boca y un extremófilo diminuto llamado tardígrado de vejiga tentacular, que planeaba tranquilamente en la troposfera.

Las lluvias torrenciales que se produjeron los días siguientes en la zona, consecuencia de una depresión aislada en niveles altos, o DANA, no hicieron más que agravar la ya espantosa peripecia, estimulando la vida de la insólita criatura naciente.

Pero la cadena de catástrofes no había llegado a su fin.

La criatura, al tocar tierra, entró en contacto con un lantánido que nosotros llamamos Lovecraftio y en su mundo llaman Lutecio, lo que aceleró su crecimiento de modo espectacular. Siguiendo con la nefasta cadena de acontecimientos, y siendo esta una zona proclive a los movimientos telúricos, no puedo decir que me sorprendiera el temblor que se produjo meses más tarde y que llevó a la neonata criatura a expandirse por todo el mundo mediante la deriva continental, formando numerosas excrecencias carnosas en diferentes puntos de la corteza terrestre.

Hemos descubierto que, últimamente, coincidiendo con la madurez de alguno de los nódulos carnosos, éstos han empezado a excretar algún tipo de feromona. No sería raro que, dado el comportamiento hermafrodita de los granulomas verrugientos, al llegar a la madurez, se sientan atraídos los unos por los otros y comiencen a excavar para encontrarse mutuamente, destrozando a su paso el núcleo de la Tierra por completo.

Nuestro mundo ya carece de esperanza. No obstante, seguimos con la investigación, pues la única cosa buena que tiene esta situación es que la verruga exógeno-extremófila que nos ha invadido, tiene un crecimiento desmesuradamente lento.

Se desconoce de qué modo su mundo ha sido contagiado. Nuestras especulaciones orbitan en torno a la teoría de que se haya abierto algún tipo de portal entre nuestros mundos y que no haya sido cerrado debidamente.

Todo cuanto podemos hacer desde este lado, es dejarles esta carta en una de las postas del antiguo servicio de contacto interdimensional, señalada en la «Guía del Autoestopista Galáctico», con la esperanza de que haya todavía algún agente en activo y la entregue a sus científicos más reputados.

Puede que entre todos podamos poner fin a esta pesadilla de carne que, por más que me pese, inicié en un vuelo.

Con mis mejores deseos,

Doctor Orestes Cenizo

Catedrático Emérito de la Facultad de Ciencias Químicas y Biomoleculares de la Universidad de Aicnelav.


Mundo II
por Miguel Ramírez Moreno
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Entrada 1

Me llamo Laura, tengo 26 años, y este es mi primer día en mi nuevo proyecto. Mi proyecto de tesis doctoral, centrado en el estudio de mecanismos de actuación de nuevas drogas para tratar la degeneración neuronal, fue suspendido debido a la falta de fondos. Sin embargo, mi director de tesis tuvo a bien ayudarme a encontrar un nuevo lugar donde desarrollar mis ideas y mejorar mis habilidades como recompensa a mi talento y entrega. Desde aquí quiero agradecer al Ministerio de Educación y Ciencia y, sobre todo, a la generosa contribución y colaboración de Anodyne. Mi director se ha acogido a la jubilación anticipada, aunque se ha comprometido a ayudarme como mentor durante los meses de transición.  La primera reunión con la Doctora Harper fue muy bien, una vez superada la barrera idiomática. Por suerte, Ryan el técnico de laboratorio chapurrea español con un gracioso deje valenciano, fruto de una larga estancia en las instituciones locales del CSIC. Tiene más o menos mi edad y es muy atractivo, aunque su falta de ambición y perspectivas normaliza bastante su appeal. Ryan es tan bueno recogiendo muestras en el foso que, haciendo honor a su apellido, se ha ganado el apodo de “el Cazador” entre el personal del proyecto. Espero que mis muestras las traiga con más cuidado que con las que le vi manipulando esta mañana, no obstante. Cada vez que veo a un idiota manipulando biopsias del abismo de carne sin guantes, ugh, en fin.

Entrada 4

Los resultados del equipo de genómica y proteómica son inconclusos. Sospecha elevada de contaminación en las muestras. Hay literalmente demasiado de ser humano en los tubos recogidos en la estructura denominada “pedúnculo 11”, y que conocemos coloquialmente como “los bigotes del bacalao”. Me gustaría tener unas palabritas con la Dr Harper acerca de la falta de cuidado de Ryan. Pero son sus palabras contra la mía, una extraña, mucho más cualificada pero extraña. Quizás podría correr unas cuantas PCR y demostrar que la contaminación viene de él. No, tonterías, sería un desperdicio de recursos. Mejor voy a hablar directamente con él y le canto las cuarenta.

Entrada 11

Algo extraño sucedió a última hora, justo al terminar mi turno. Por un momento me imaginé que en lugar de en los pasillos del laboratorio me encontraba dentro de la criatura de la fosa. Sin protección ni nada. Apenas duró un segundo, y los familiares fluorescentes del techo me anclaron de nuevo en el reino del sentido común. De locos. Debe de ser la falta de sueño. El proyecto va muy bien y apenas estoy estresada, pero las visitas de Ryan por las noches empiezan a pasar factura. Debería de intentar controlar esto, antes de que me duerma en la próxima junta.

Entrada 17

Han comenzado a hacer obras en mi ala de la instalación, al parecer el laboratorio ya se ha quedado pequeño ante tanto proyecto puesto en marcha. Que sorpresa, algo que nunca ha pasado en este país. Ahora por culpa de algún burócrata corto de vista y de mente tengo que escuchar los golpes y las vulgaridades de los obreros mientras me intento concentrar en analizar mis muestras. Para colmo, van a tardar muchas semanas porque debido a las normas de seguridad no pueden trabajar ni todos juntos ni todo el tiempo que deberían.  Ryan me ha dado unos tapones para los oídos, algo que agradezco porque la solución anterior, escuchar heavy metal, era incompatible con mi forma de ser en la poyata.

Entrada 23

Los tapones funcionan estupendamente, los martillos parecen ahora lejanos tambores. Pero no todo va bien ahora. Harper me ha ordenado repetir el muestreo de los bigotes del bacalao. Que las recoja yo misma, que a ver si me entero de que Ryan no es mío. ¿Sabe lo nuestro? ¿Me estoy perdiendo algo? En fin, me molesta tener que hacer el trabajo de un técnico, pero no será la primera ni la última vez que me mandan hacer algo que no he acordado en el contrato. Para colmo, he vuelto a tener otra de esas extrañas visiones de paredes de carne. Esta vez, en mi cama, y no estaba sola. Será el estrés, han sido unos días muy duros, pero todo va a ir a mejor. Las obras van a tardar más porque uno de los obreros ha tenido un accidente al parecer, pero ya estoy bien pertrechada.

Entrada 27

Ya me he acostumbrado totalmente al tamborileo de las obras. Otro becario me ha dicho que sonrío más de lo normal por los pasillos, que debo estar enamorada. No, capullo, sonrío porque con los tapones me alejo de las estupideces.  A ver cuánto me dura el buen rollo, no obstante. Acabo de enviar las nuevas muestras, las buenas de mi propio puño, a analizar. 

Entrada 34

Llevo media semana “enferma” en mi habitación. No me pasa nada físicamente, pero sufrí un ataque de ansiedad del malo cuando los resultados volvieron a arrojar el mismo resultado: contaminación de ADN humano en las muestras del pedúnculo. Aún peor, Harper estaba furiosa porque no me presenté en las últimas dos reuniones. Ni me di cuenta de que estaban en el calendario. ¿Me fallaría el móvil? Estoy tan nerviosa que aquí, sola en mi habitación, sigo oyendo los tambores de las obras. Cuando Harper se cabrea así, me recuerda a mi madre. Tienen la misma mirada cargada de ego e irrespeto por mi libertad.

Entrada 38

Ryan se acaba de ir llorando a moco tendido. Resulta que se ha enamorado de mí. Estos americanos se creen que todo es sangría y fiesta, y yo quiero conseguir una beca en Harvard, no dorarme al sol con él en un chiringuito.  Además, no es mi culpa de que cuando le quería contar la pesadilla de anoche él se hubiera empeñado en ponerse tiernito. El puede estar encoñado, pero yo estaba completamente inquieta. Soñé otra vez con paredes de carne, pero las formas no se parecían ni remotamente a los planos del laboratorio. No había techo, los muros de carne se abrían a un cielo lleno de estrellas desconocidas. Lo único vagamente familiar era el tamborileo de las obras, que parecía llamarme hacia un promontorio carnoso y húmedo cercano. Justo entonces desperté, sudando y taquicárdica. Quizás debería hablar con alguien más sobre este tema, alguien que no se piense que el mundo gira en torno a él. 

Entrada 39

Harper me ha preguntado sin rastro alguno de cortesía, el por qué de los tapones de mis oídos. Que no es profesional y es hasta un riesgo de seguridad. Cuando le dije que las obras me estaban volviendo loca, me ha mirado como si efectivamente estuviera loca, porque las obras se suspendieron cuando el obrero murió. Si, murió, de herida autoinflingida con uno de los taladros. Me he quedado paralizada ante mi error, pero mi estupor se ha transformado en miedo cuando, ya sin los tapones, me he dado cuenta de que sigo oyendo los tambores en mi cabeza.

Entrada 45

 Harper me ha recomendado que vaya al médico, pero le he pedido educadamente que se mantenga lejos de mi vida privada. Creo que tiene razón, pero no pienso admitírselo. Empiezo a creer que fue ella la que le comió la cabeza a Ryan, y que de no ser por su intromisión lo mismo ahora seguiríamos juntos.  Pero no estoy bien, apenas duermo porque cada vez que cierro los ojos vuelvo a ver aquel paisaje de carne y pústulas yermo, sola ante la inmensidad estelar. Excepto por los tambores, los tambores siguen, y cada vez suenan más cerca. Ya puedo sentir a los seres que los golpean al unísono. 

Entrada 47

Asciendo por una escalera, la alfombra es pegajosa y está recubierta de estructuras papilosas, que danzan al son de las corrientes de aire. El pasamanos no es de madera, parecen las encías de un fumador compulsivo. Al llegar a lo alto, me encuentro a los pies de un cráter, de una pústula gigante, y en el centro supura un altar. Hay varios círculos concéntricos de personas cogidas de las manos, entornando un cántico que parece el reverso pervertido de los discos gregorianos que tanto le gustaban a mi madre. Las figuras visten de rojo, me cuesta distinguir sus contornos de la carne sobre la que caminan. Bajo los peldaños dirigiéndome hacia el centro del cráter, donde hay un alta también de carne. Nadie repara en mi presencia. Un sacerdote levanta una gigantesca lanza de hueso en el centro, y grita proverbios que no puedo entender. Los adoradores no están vestidos de rojo, son sus músculos, y de repente todos se giran al unísono, me señalan, y gritan con una boca de la que no hay ni rastro en su cabeza. Entonces, vuelvo a la realidad. Excepto que no estoy en mi cama, sino en la recepción del laboratorio, y los demás trabajadores y científicos me miran extrañada. ¿Estaba trabajando cuando soñé esto?

Entrada 51

Hoy, durante uno de mis “paseos”, una sacudida peristáltica en el foso causó un temblor que ha dañado la estructura de nuestra ala. Harper ha sido hospitalizada con una contusión leve, y al resto nos han dado una semana libre hasta que los expertos certifiquen que no hay peligro.  Ya es bastante vergonzoso decirles que no sentí el terremoto porque estaba totalmente “trippy”, imaginaros si les llego a decir que vi al sacerdote hincar su lanza de hueso en el centro de aquel tumor pulsátil a modo de altar, y que creo que eso es lo que causó el temblor.

Entrada 55

Cada vez que revivo el ritual, el sacerdote de carne apuñala algo diferente. A veces es el pedúnculo 11; a veces es mi madre, a quien hace años que no envió ni un whatsapp para desear felices fiestas; a veces es la imbécil de Harper. La mayoría de las veces es aquel extraño tumor primigenio, y cuando el sacerdote lo apuñala entre la sangre supurante aparece un ojo. La conjuntiva está tapizada de horrores, el iris sería capaz de fotografíar el origen mismo de la creación, y la pupila me apunta a mí. Es de ese vacío inconmensurable de donde viene el sonido de los tambores, y anoche por primera vez creí entender lo que decían. Lo que me pedían. El sacerdote me asegura que seré gratamente recompensada. Que lo que conozco como “el bigote del bacalao” es la persona que vino antes de mí, y que su recompensa ha sido unirse eternamente al abismo de carne, inmortal y remanente tras la extinción de la última de las estrellas. Es una buena explicación a la presencia de ADN humano en la estructura. No sé como a nadie se le había ocurrido antes.

Entrada 57

Soy científica, así que me cercioré un par de veces de que mis oídos no me engañaban. Sólo entonces acepté el largo trozo de hueso afilado del sacerdote de carne, y me dispuse a desandar mi camino hacia el exterior de aquella pústula de carne. Los adoradores corean mi nombre, de nuevo sin orificios externos. Sólo los músculos y pedúnculos que cubren sus cuerpos y que se agitan en frenesí como animales en celo. Es una visión gratificante, a decir verdad. Nunca me he sentido tan apoyada por mis amigos o por mi familia. Sobretodo por mi madre. Ella nunca aceptó que me mudara del pueblo para perseguir mis sueños. Se creía que sería más feliz en su supermercado de mierda. Pues mira mamá, aquí estoy de vuelta. Sólo que ahora el supermercado es otra deconstrucción imposible de muros de carne. Mi madre extiende sus brazos, lágrimas en su rostro. ¿Se cree que he venido buscando su amor? ¿su perdón? ¿quizás un turno de cajera por las tardes del fin de semana para ganarme unas perrillas con las que jugar al arcade en el bar del pueblo? La sorpresa se dibuja en su rostro cuando le clavo la lanza de hueso en el estómago. Es una sorpresa deliciosa, más propia de un dibujo animado que de una mujer que logró sacar adelante un supermercado en una aldea en vías de extinción. Cuando cae, el lecho de carne la absorbe, capa a capa de tejido. Y entonces soy yo la que manifiesta sorpresa. No es mi madre, es Ryan, y no está envuelto por un suelo de carne, sino por las sábanas ensangrentadas de su cama, y yo estoy montada a horcajadas sobre él con el taladro de recogida de muestras dispuesta a atravesar su abdomen de nuevo si se le ocurre decir otra vez que por qué no me pienso dos veces aquello de irme a la ciudad. ¿O era a Harvard? ¿Al chiringuito de la playa? Ya no estoy segura, ya no oigo a los tambores. 

Entrada final

A día de hoy, finalizado el periodo de recogida de pruebas, ese diario personal se convierte en propiedad de Anodyne. Su contenido se encuentra disponible junto al resto de evidencias recolectadas por la comisión intentando esclarecer las causas del asesinato de Ryan Hunter, técnico de laboratorio de 29 años, a manos de Laura Romero, estudiante predoctoral de 26 años. La comisión ha sugerido investigar este caso conjuntamente con el del suicidio de Juan Carlos Peralta, obrero de 38 años, y el de otros extraños incidentes que han sucedió en un reducido pero significante número de trabajadores de la instalación. Particularmente, aquellos que, bien tras su detención o en conversaciones o testimonios antemortem, se refirieron al concepto de “Tambores de la carne”.


Mundo III
por Iconikah

Vicent se desperezó estirando los brazos al despuntar el alba. Se colocó el zurrón que había usado de almohada en el hombro, y envuelto en su capa, aún con legañas en los ojos, admiró la impresionante belleza que se dibujaba a su alrededor: una sierra rocosa, cubierta de pino y romero, fresca y amable, menos cuando había tormenta, ¡ay de ti si te pillaba Dios con sus rayos! Se sintió emperador de aquellas lindes, de cada árbol y cada piedra, aspiró profundamente y empezó a emitir chasquidos llamando a las cabras que pastaban a solo unos metros. 

Le gustaba pasar la noche en aquel lugar, «el mordisco» como su padre solía llamarlo, una pared alta con forma semicircular que evitaba que el rebaño se desperdigara por las noches; un redil natural fácil de guardar por un solo hombre y como mucho un par de perros. Un lugar codiciado por el resto de pastores de la zona, al abrigo de los arbustos bajos y de unos cuantos árboles, y que desde hacía meses prácticamente era solo suyo, ya que los milicianos solían esconderse en la Calderona y sólo sus familias se atrevían a cruzar los campos para dejarles comida en puntos acordados. «Vicent, com et roben les cabres…» le decía el vecino al verlo enfilar hacia la montaña. Pero él no tenía miedo, ¿cómo le iban a quitar sus cabras, su único medio de subsistencia? Confiaba en su discurso y en la navaja de palmo y medio que guardaba bajo el chaleco. «Guerres, a mi!» decía sonriendo cuando se alejaba.

—Dos, quatre, sis, huit, deu… —murmulló—. Dotze… —frunció el ceño—. Collons amb la Bestiola! Una altra vegada que s’ha escapat! —se encorvó al caminar haciendo gala de su enfado. No era la primera vez que la pequeña cabra se le escapaba; en más de una ocasión la hubiera abandonado a su suerte, pero su condición humilde no se lo permitía, y para ser sinceros, temía más la regañina de su mujer que los retortijones del hambre. Ya estaba imaginándola en el quicio de la puerta, con el grito en el cielo, increpándole la temeridad de perder una cabra justo ahora que estaba encinta… Era la primera vez que pasaba del tercer mes y perder a otra criatura no estaba en sus planes. Vincent negó con la cabeza mientras revisaba los arbustos y cualquier oquedad en la pared en la que la cabrita se hubiera podido esconder, la imagen de su mujer sobrevolaba su mente «Vicent, he somiat amb la Mare! Aquesta vegada, és la definitiva, serem pares.»

Más de tres horas tardó en encontrar a la cabra. Escuchó varios balidos que parecían proceder de unos arbustos, cuando se acercó perdió pie entre la maleza y rodó al interior de la tierra a través de un agujero de más de un metro de ancho. «Em mataram» pensó cuando llegó al fondo de lo que creía una trinchera o un refugio de milicianos. —Quedar-vos la cabra, no revelaré on us oculteu. No diré res —dijo frotándose los ojos y pestañeando, intentando adaptarse a la falta de luz. Pero allí no había hombre alguno. Se levantó y cogió a la cabra en volandas, revisó con el tesón de un médico la cabeza del animal pues parecía herida y la soltó de inmediato al ver que que el líquido que empapaba su cabeza no era de ella.

La cabra dio un paso y brincó contenta sobre lo que parecía una masa sanguinolenta, gigante, que tapizaba el suelo del agujero. Vicent retrocedió horrorizado viendo que efectivamente sus pies se apoyaban sobre esa misma masa informe, mientras Bestiola, desgarraba trozos de aquella sustancia, rumiando contenta como si fuera el mejor manjar que hubiera probado en su corta vida, llenándose la boca y dejando que el líquido rojizo goteara de su quijada.

Vicent sabía que aquella imagen demoníaca le acompañaría toda la vida. Dudó por un momento en si llevarse a Bestiola o dejarla allí, degustando con placer infame lo que parecían las entrañas palpitantes de la misma tierra, pero recordó a su mujer, recordó su situación… Tomó la cabra en brazos y fue subiendo como pudo, encajando sus codos y sus rodillas en la tierra del túnel, tratando de evitar el asco que sentía cuando las babas de Bestiola caían sobre su hombro. 

Apenas le quedaba medio metro para salir cuando escuchó a varios hombres en el exterior. Se agazapó como pudo y soltó al animal que fue bajando sin problema por el túnel, feliz de reencontrarse con la delicia viscosa que se extendía bajo sus pezuñas. —Con que nos llevemos tres o cuatro valdría. No vamos a poder llevarlas todas —Vicent se llevó la mano a la navaja en un gesto instintivo, algo que hizo que perdiera el equilibrio y que cayera de espaldas al fondo del agujero. Cuando despertó moría la tarde, Bestiola dormitaba sobre él con la panza bien llena. Vicent se sacudió la cabeza y volvió a subir con la cabra en brazos, con los dientes apretados, sabiendo que en el exterior apenas encontraría la mitad de su patrimonio caprino, si aún tuviera perro… Pero se lo mató el Guillén alegando que se había comido dos de sus gallinas.

—Animal del dimoni! —dijo empujando a Bestiola de los cuernos al comprobar que, efectivamente, sólo las cabras más viejas seguían aguardando a su dueño—. Maleïda la teua estampa! —y empezó a chasquear la lengua, desperezando a su peculiar tropa. 

Su mujer al verlo llegar, mucho más tarde que de costumbre, con cinco cabras menos, cubierto de una sustancia rojiza y espesa, se acercó y le abrazó —Els soldats van creuar la muntanya. Creia que t’havien matat —hundió su rostro en el pecho del pastor, palpando su espalda y su nuca, asegurándose de que llegaba entero. —Què és això? És sang? Estàs bé? —le preguntaba sin parar. Vicent sólo podía asentir con la cabeza, se fue a dormir sin cenar, sin hablar, con la imagen grabada de Bestiola rumiando aquella carne extraña.

Al día siguiente no salió a pastorear sus cabras, entró en el cobertizo y les ofreció algo de paja y cáscaras de limón, intentando serenar la confusión que aún le embargaba, buscando sentido a lo que había visto con los mecanismos de una mente sencilla y un corazón bravo. Bestiola coceaba fuera de sí, pataleaba y golpeaba las paredes del chamizo, balando, loca por salir. —A callar! —gritó Vicent cerrando la puerta con el cerrojo. No pudo dormir aquella noche, escuchando aquellos balidos quejumbrosos, mientras abrazaba con fuerza a su mujer. No eran ruidos naturales, el animal se desgañitaba alargando sus súplicas de una manera tan lastimera que desvelaría a todos los vecinos.

Renovó el ánimo de salir por los alrededores unos días después, descorrió el cerrojo del pequeño chamizo y todo el horror del agujero volvió a él de repente: Bestiola golpeaba incesantemente su cabeza contra la pared, arañando la madera con sus cuernos. La sangre le cubría la cabeza y goteaba sobre la paja del suelo. Tenía los ojos desorbitados y la lengua colgando, como inerte y espectacularmente inflamada, como si le hubiera picado una víbora. Su panza hinchada antinaturalmente parecía apunto de explotar. El hombre se acercó al animal, seguro de poder ofrecerle algo de confort y ayuda. El olor que desprendía era dulzonamente nauseabundo. Palpó su tripa peluda y ardiente y notó una especie de protuberancias cárnicas que crecían en su interior. Los ojos de Bestiola clamaban consuelo pero a la vez daba la impresión de tener la mirada perdida, como sí su interior ya no fuera habitado por algo de este mundo. —Havia d’haver-te matat —dijo mientras le rebanaba el pescuezo allí mismo, librando al animal de su sufrimiento.

Se alimentaron de Bestiola durante días, a pesar de su inicial reparo, no supo explicar porqué no debían hacerlo. No era la primera vez que se alimentaban de una cabra enferma y nunca les había pasado nada malo. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez?

Cuando el pillaje de la guerra, ya bien encauzada hacia la aniquilación entre hermanos, les dejó sin una sola cabra, sin queso ni longanizas, Vicent lo tuvo claro. «Serem pares» se dijo cuando cruzó los caminos que le llevaban hacia las faldas de la Calderona. «Serem pares» se dijo cortando lonchas de aquella carne viscosa con su navaja. Tras pasar días alimentándose únicamente con mendrugos de pan tuvo la tentación ignominiosa de probar allí mismo un trocito de lo que le pareció una delicia… Supo frenarse a tiempo, loncheó casi un kilo de carne, lo guardó en una bolsa de yute y lo metió en su zurrón relamiéndose, pensando en uno de esos filetes fritos con un poco de manteca.

—És molt rar —apuntó su mujer olisqueando aquella carne, tocándola con el índice—. És viscosa, Vicent.

El pastor observó a su mujer, fijando su mirada en la prominente barriga que ya anunciaba que por fin podría legar su apellido. Se inventó una historia: había un vecino de Serra que metía la carne en frascos para su conservación, el aceite no era muy bueno y de ahí la viscosidad y el olor extraño, pero bueno era carne al fin y al cabo, tampoco estaban como para elegir y seguro que con una patata y un ajo estaría deliciosa. No debía decirle nada a nadie porque el hombre que le vendía la carne se arriesgaba al pillaje y desplume de sus existencias.

Su mujer no acabó de creérselo del todo, sobre todo porque su marido, que desde su boda no había pisado una iglesia, bendijo la mesa dos o tres veces, haciendo la señal de la cruz con los dedos sobre el filete.

Comieron aquella carne durante toda la semana y cuando se acabó, Vicent no lo dudó: salió temprano, antes de que saliera el sol, evitando ser visto por cualquier vecino. Nadie podía enterarse de su secreto, a pesar de tener a su disposición aquella masa gigantesca e informe, las noticias de la guerra no auguraban un final a corto plazo, así que tenía que salvaguardar aquella despensa. Deslizó la navaja como lo había hecho la primera vez, observando que el vaciado anterior parecía mostrar algún tipo de cicatrización. Lo palpó tembloroso y decidió cortar el doble de carne para no tener que volver tan pronto, ya se encargarían de conservarlo en sal… Cenaron hasta hartarse. 

A medida que pasaban los días, su mujer iba aumentando de peso, sus mejillas tomaron un color sonrosado y saludable que indicaba que por fin, después de años de penuria la estaba cuidando tal y como se prometió. Ella dejó de hacerle preguntas sobre dónde conseguía aquella carne y hasta parecía disfrutar sobremanera devorando aquellos filetes o sorbiendo con gusto la sopa lechosa que se formaba cuando cocía las mollas.

—No estaries menjant això tot el dia? —le preguntó entusiasmada mientras aspiraba el olor que se escapaba de la chisporroteante sartén. Aquella misma noche Vicent se despertó alarmado por un ruido. Saltó de la cama al notar que su mujer no estaba. —Begoña? —preguntó entrando en la penumbra de la cocina con la navaja en ristre, siguiendo el ruido del cacharreo—. No estaries menjant això tot el dia? —le dijo su mujer mientras lamía un plato de la cena compulsivamente y se llevaba una loncha cruda con la otra mano a la boca, engullendo con fruición la carne que rompía en viscosidad rojiza. 

¿Dónde estaba su mujer? Le costaba reconocerla en aquel ser acuclillado, que boqueaba tratando de respirar entre bocado y bocado, echándole un pulso a su desmesurada glotonería. Un hilillo de baba bajaba por su pecho y empapaba su camisón blanco, dándole un aspecto patético que helaba la sangre. 

—Begoña, amor, veuen a dormir —se acercó a ella lentamente y la llevó a la cama con sumo cuidado, guiándola por la pequeña estancia, rodeando la mesa y los calderos, mientras ella, se chupaba los dedos, sorbiendo con frenesí y sonriendo como una perturbada. —No estaries menjant això tot el dia Vicent? —le preguntó de nuevo ya tumbada entre sus brazos, con los ojos desorbitados y un hilo de baba empapando la almohada. Él solo asintió en silencio, abrazándola fuertemente desde atrás, aspirando ese olor dulzón, notando en su palma cómo su futuro hijo se revolvía en el vientre de su madre y asiendo el frío de la navaja con la otra.


Mundo IV
Anónimo

CARTA ANÓNIMA REMITIDA A LA SEDE DE NOVIEMBRE NOCTURNO EN VALENCIA, ESPAÑA (ALLÍ DONDE QUIERA QUE TENGA SUS OFICINAS)

Ustedes no me conocen. Quizá sea mejor así, de momento. Soy seguidor suyo desde hace algunos años y siempre he admirado la labor que realizan con unos medios tan modestos.

El motivo de esta carta es que no confío en ningún otro medio de comunicación. Todos, de un modo u otro, se han vendido al dinero procedente de la corrupción. Un dinero sin el que no podrían emitir ni una palabra más, por eso se han convertido en obedientes lacayos al servicio de los intereses económicos.

Les ruego que lean el material que les he remitido. Ustedes sabrán la mejor forma de darlo a conocer. La gente tiene que saber que está en peligro. Esa cosa está viva y habla.

Me vigilan. No sé cuánto más podré aguantar sin volverme loco. Por favor, no permitan que esto caiga en el olvido.



EXTRACTO DEL DIARIO “LEVANTE -EL MERCANTIL VALENCIANO”

Fecha 15 de enero de 2021

TITULAR:

  • Se suicida el “Lady Gagá Valenciano”

FOTOGRAFÍA:

CUERPO DE LA NOTICIA:

Esta madrugada, Manuel G.M., el bizarro personaje conocido como el “Lady Gagá valenciano”, conocido por salir habitualmente a la calle vestido con un traje realizado con filetes de carne real, se ha precipitado al vacío desde su balcón muriendo de forma instantánea.

El equipo médico que acudió a la céntrica calle de Valencia no pudo hacer otra cosa más que certificar su muerte. Desde hacía unos meses, solo salía de su domicilio ataviado con esa peculiar indumentaria, elaborada por él mismo, compuesta por filetes de vacuno cosidos a mano.

Según explicó él mismo, en anteriores intervenciones, a Servicios Sociales «esa cosa habla; se mete en tu cabeza y te susurra cosas horribles». Añadió que sólo podía parar esos pensamientos cuando se colocaba su traje.

Según los vecinos, hasta hacía unos meses era una persona normal que realizaba trabajos especiales para el Partido de la Justicia y la Libertad. Fuentes del partido niegan cualquier tipo de relación con el sujeto.

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