Máquina

Arte de Neil Blevins
¡Bienvenidos al Laboratorio de Mundos basado en la Máquina!


Mundo I
por Morrigang

La noche de la máquina

Yuri salió a mirar las trampas. Apenas tenía contacto con la gente desde que abandonó el Ejército Rojo. Pensó en aquellas dos palabras: ejército y rojo. El ejército le había proporcionado una forma de vida, de subsistir, sería la mejor manera de describirlo. Volaron los recuerdos de su infancia hasta su presente de trampero en la tundra siberiana. Su primer recuerdo vital constituía una sensación de semioscuridad, olor a cloaca y a gasolina y la visión de las caras hambrientas y sucias de los habitantes de las alcantarillas de Moscú. La idea de la paternidad no era algo que se fomentase en aquellos círculos. Vivir cada momento era suficiente y vender cara la piel si se presentaba la oportunidad. Tenía apenas cuatro años en ese recuerdo y no sabía cuáles eran sus orígenes, nada podía preguntar a las otras ratas, pues nada le importaba a nadie en el laberinto, donde reinaba, sí, reinaba, el nuevo Chikatilo: “El Satán de las Alcantarillas”.

Papá Andréi, como lo llamaban los más pequeños, criaba a los niños que extraía de los suburbios de Moscú, por las buenas o por las malas. Robaba los niños al descuido, hasta que el temor de las madres se extendió y empezaron a salir a la calle en manadas; aquella era la única defensa que encontraron. La policía no intervenía desde hacía tiempo en esos asuntos: internos, decían. A los chinos les importaba muy poco las desgracias de la población nativa. Los niños robados eran llevados al Laberinto de Satán y los mantenía con vida hasta que, o bien resultaban tener algún talento de provecho para la mafia o se los engordaba para servir como comida. El instinto de supervivencia de Yuri resultó ser formidable. Pronto intuyó que si no quería acabar en el plato de otros, debía ser despiadado. Así comenzó su carrera de asesino. Aprendió todas las técnicas y tácticas del oficio y las empleó durante cuarenta años en beneficio del Ejército Rojo Chino con sede en Moscú.

Fue una sorpresa hasta para sí mismo el día en que, al ir a recibir las nuevas instrucciones del coronel Popcov, sin el más mínimo rastro de duda o titubeo, agarró aquella antigualla punzante, el abrecartas que tenía el coronel junto al conjunto de escritorio —probablemente robado a algún gerifalte caído en desgracia—, y se lo clavó en el cerebro a través de su ojo izquierdo. Salió del despacho con la sonrisa más alegre que recordaba haber tenido en su negra vida y le dedicó una carantoña a la secretaria al darle los buenos días.

Se fue y nunca volvió.

Tampoco lo encontraron. En aquellos días de armas biológicas, electricidad sin cableado y control mental inducido mediante cañones de microondas, Yuri supo esquivar todas las celadas. Empezó por comprar una huella holográfica falsa. Pero, como con todo en aquellos días, apenas salía una forma de sortear el control supraestatal, aparecía una manera de neutralizarla. No obstante, le sirvió para huir de la ciudad e ir hacia el noreste. Sabedor como era de que los tejidos técnicos que se usaban desde hacía lustros para fabricar la ropa leían las más recónditas intimidades del ADN, Yuri recurrió a una forma de camuflaje olvidada por las  grandes corporaciones: las pieles de animales; para cada solución, un problema.

En el vado del río encontró huellas humanas.

Siguió las huellas hasta encontrar un rastro de sangre. Una línea roja y delgada que terminaba en un conjunto de hilos azules, verdosos y translúcidos rematados en un circuito impreso globular, aparentemente arrancado de algún huésped orgánico…, del hombre o de la mujer a quien pertenecían las huellas. El rastro acababa entre un arbusto de hoja de diamante y un sauce ártico. Era un varón y estaba desparramado bocarriba. Se acercó con el manojo de hilos en la mano y se agachó para comprobar si todavía respiraba, si es que lo había hecho alguna vez. Encadenó estos pensamientos al percibir que podría tratarse de una máquina, una de esas indistinguibles de los hombres a las que tanto temía el régimen comunista.

Al acercar su mano a la muñeca escuchó una voz que salía por encima de su plexo solar: «Tira esa mierda al río». El hombre no había movido ni un músculo y, sin embargo, no había ninguna duda de la procedencia de aquellas palabras. El instinto de conservación de Yuri no le advirtió de ningún peligro, lo que no impidió que hiciese un reconocimiento del terreno por los alrededores. Tendría que cambiar de ubicación su campamento, no obstante. Volvió al vado con una carga de leña; se arriesgaría a hacer un fuego. Interrogaría a aquel no muerto.

Anocheció.

Hablaron durante toda la noche. El hombre dijo llamarse Grigori, Grisha para sus amigos, que podía llamarlo así si quería. Le contó su historia personal, todo lo que recordaba: que había sido creado en uno de los laboratorios subterráneos rusos durante la Guerra de la Globalización a mediados del siglo XXI. Que los rusos habían conseguido sintetizar al hombre y a la máquina en cuerpos meta-biológicos a los que fueron capaces de agregar una conciencia. De hecho, se podría decir que crearon vida, y que eso mismo les había hecho morir de éxito. Las otras potencias en ese campo por aquel entonces, Estados Unidos y China, entraron en guerra con Rusia para conseguir la tecnología.

La Guerra de la Globalización discurrió en las sombras. La gente nada sabía con seguridad, aunque más de uno pudiera intuir algo y diese la voz de alarma en el Internet alternativo. La avalancha de información y divertimentos bloqueaba las mentes de las personas, que actuaban como autómatas: nacer, crecer, reproducirse, trabajar, consumir, envejecer, enfermar y morir; eso era todo, prácticamente. No había tiempo ni ganas para el pensamiento libre.

Le contó que un grupúsculo de neo-máquinas había logrado reproducirse. Que en los laboratorios les habían quitado a sus hijos para experimentar con la segunda generación. Le dijo que, de quererlo, los nuevos seres máquina podrían tener una vida extremadamente larga y productiva, ya que no carecían del atributo creativo y artístico de la imaginación y que, si no eran descontinuados, podrían vivir cientos, incluso miles de años, lo que permitiría a la humanidad conquistar el espacio, el sueño tan largamente acariciado.

Amanecía.

Grisha le contó que había ido a ese remoto lugar a buscarlo. Debía saber, le dijo, que él mismo se había arrancado el complejo neural de la columna, que ya no le hacía falta. Que solo quería encontrar a otro ser igual a él para contarle que: si bien es un importante avance para la humanidad el vivir mucho tiempo sin enfermedades y sin temer a la muerte —justo cuando se llega a la madurez vital y cognitiva—, había una cosa que se había eludido en la construcción del nuevo hombre: el corazón.

—Yo te hablo desde el corazón —dijo Grisha—. He venido a buscarte; de mí no te puedes esconder. Tenías que saber todo esto. Mi energía vital se agotará pronto y por eso te lo diré ahora: Yo soy tu padre.


Mundo II
por Carlos Rodríguez-Flores

RASGOS GENERALES

El Hermano Guardián recorrió con la mirada el grupo de once niños que permanecía en pie ocupando el centro del patio del templo. El único sonido provenía de la fina llovizna negra que todo lo empapaba. De cuando en cuando se oía algún quedo sollozo, reprimido de inmediato por los sarcásticos comentarios del monje.

—¿Pero qué tenemos aquí? ¿Otra remesa de mocosos inútiles? Sabed que nunca habréis de abandonar este templo. Serviréis al Dios Máquina de un modo u otro, aunque sea como abono.

Pero lo que más terror causaba a los pequeños allí reunidos no era la amenaza de la muerte, pues ésta formaba parte del ciclo de la vida. El miedo que atenazaba los corazones de los infantes provenía de no saber si superarían la Comunión con la Máquina, la prueba que determinaría si sus cuerpos serían capaces de recibir los implantes cibernéticos que los transformaría en servidores del Dios.

El zumbido de los servomotores acompañaba el caminar metálico del Hermano Guardián entre los pequeños. De repente se detuvo frente a una niña de unos seis años que temblaba de frío y le espetó:

—Tú, ¿cómo te llamas?

—Claudia, señor —respondió con voz nerviosa.

—Mal. Sois escoria y la escoria no tiene nombre. Hasta que pruebes tu valor serás una manivela. Recoge tu basura y ve al interior, Manivela —dijo señalando una puerta con su brazo de titanio.

El Hermano detuvo la inspección y alzó la voz.

—Quieta ahí, Manivela. Escuchadme todos. Vuestras familias no pueden hacerse cargo de vosotros, bien sea porque no sois primogénitos, bien porque no os han podido concertar matrimonio. Por eso estáis aquí, para ser útiles. Cruzar las puertas del Templo es como la muerte, ¿os queda claro? Nadie os echará de menos. Nadie volverá a saber de vosotros.

Un niño de siete años, el más alto del grupo, soltó el macuto que portaba, se puso en posición de firme, y gritó que él pasaría la prueba, que era fuerte y que el Dios Máquina lo reclamaría como servidor. El Hermano Guardián, riendo de forma siniestra, le respondió:

—Idiota. Pareces una lámpara así de pie. Si necesitase fuerza me pondría multiplicadores de potencia o más fibromúsculo sintético. Lo que el Dios Máquina busca es resistencia, inteligencia y conexiones sinápticas veloces. Y yo, gusano, estoy aquí para comprobar cuánto serás capaz de aguantar sin romperte, Lámpara.

El Hermano Guardián señaló a otro niño de complexión más ancha gritándole. ¡Eres un botijo! ¡Botijo, corre hacia el templo! ¡Estoy harto de mojarme aquí fuera!

En esto consistía la ceremonia de admisión en el templo. Los novicios eran despojados de todo, incluso de sus nombres. Dejaban atrás su incipiente vida, que de todos modos estaba perdida, para recorrer un camino que se presumía breve.

HISTORIA

Los novicios almorzaban temprano en el refectorio para, después, acudir a clase de historia. Allí, los Hermanos los salmodiaban con interminables listas de nombres de priores, abadesas y sacerdotes que, decían, habían sido de algún modo importantes en los últimos ochocientos años de existencia del templo. También se les ofrecían lecciones de historia. Se les explicaba cómo el mundo en el que vivían había acabado así.

Corría el año 2022 y la humanidad había superado una pandemia global causada por una enfermedad de la que hoy se sabe poco. Las celebraciones se sucedían por todo el planeta. Sin embargo, la felicidad no duró mucho.

El centro de la Tierra está formado por una enorme masa esférica de hierro y níquel cristalizado que se encuentra en rotación sobre sí misma. Entonces, una perturbación de origen desconocido provocó que se desacoplase el giro de los núcleos interno y externo del planeta, provocando una fluctuación repentina en el campo magnético terrestre.

Este efecto por sí solo, no era importante. El problema vino cuando, a causa de esa perturbación, las corrientes de convección del manto terrestre se alteraron, conduciendo hacia la superficie un magma rico en minerales máficos, o sea, en compuestos de hierro y magnesio.

Este flujo incandescente, en su camino hacia la superficie, provocó fenómenos telúricos por toda la corteza terrestre. Volcanes y terremotos generalizados alteraron la forma de los continentes. Pero eso no fue lo peor. La atmósfera se saturó de ceniza rica en materiales ferromagnéticos que, al interactuar con el campo terrestre ya perturbado, causó un pulso electromágnético de baja intensidad que interfirió con toda la circuitería electrónica y las redes de comunicación del planeta.

Nubes de ceniza cubrieron el cielo. Los rayos del sol trataban de atravesar, impotentes, la atmósfera opacada. Entonces, un invierno de oscuridad se abatió sobre el planeta. La humanidad estuvo a punto de desaparecer sepultada bajo el hielo. Nada se podía cultivar. Apenas se podía comer. Tal sucesión de eventos es conocida como la Conjunción.

Han pasado casi mil años desde entonces. Las cenizas volcánicas todavía flotan en el aire pero, poco a poco, las precipitaciones han ido limpiando la atmósfera. Es por ello que la lluvia negra tiene la consideración de bendición divina, pues fertiliza los campos y permite el funcionamiento de las máquinas. Así es como se pudo reiniciar el planeta, cultivando de nuevo la tierra y gestionando de forma óptima los recursos.

Todo ha cambiado, incluso mares y continentes, pero el Universo funciona así: un eterno ciclo en el que un final no es más que el comienzo del siguiente principio. Siempre fue así, y siempre será. Esto es lo que nos enseña el Dios Máquina.

BIOTOPO

El planeta Tierra ha cambiado mucho desde la Conjunción. La vegetación al aire libre solo puede vivir en las regiones ecuatoriales del planeta, puesto que el régimen de lluvias y de corrientes marinas liberan a la atmósfera de la ceniza dispersa. Más allá de los trópicos, la luz solar alcanza mortecina la superficie, por lo que el frío eterno y la oscuridad se abaten por doquier.

En consecuencia, niños —explicó el Hermano Bibliotecario—, los polos terrestres y las amplias regiones vecinas se encuentran cubiertas de hielo. Nada puede sobrevivir allí, por sí solo, mucho tiempo. Una franja en la que únicamente crecen líquenes y musgos se extiende desde la región polar, yerma y sin vida, hasta bordear los trópicos. En tales biomas pocos animales pueden sobrevivir, salvo algún invertebrado resistente al frío y adaptado a la oscuridad.

Únicamente en la banda más cercana al ecuador del planeta puede prosperar la vegetación superior. Y en ella, solo en las zonas costeras pueden cultivarse plantas capaces de sostener una población humana.

El interior de los continentes, en general, no puede albergar más vida vegetal que arbustos y matorrales bajos acostumbrados a la falta de luz. Sin embargo, en ciertos lugares como valles montañosos, el aire está lo suficientemente limpio como para sostener ecosistemas más complejos. Estas zonas son como oasis de vida aislados en medio de un páramo nocturno y congelado.

Pero nosotros, los servidores del Templo —añadió el Hermano—, somos afortunados. En este enclave, el Dios Máquina nos dice qué y cómo cultivar, qué animales criar y qué bienes producir. Y no solo eso, también nos enseña cómo viajar a tierras distantes a buscar las valiosas mercaderías que nos permitirán fabricar nuestros codiciados implantes biónicos: los únicos dispositivos electrónicos que funcionan tras la Conjunción.

ECONOMÍA

Las lecciones se sucedían sin descanso. Más que educar, parecía que el objetivo de las clases fuera llevar al límite la atención de los pequeños. Cuando desfallecían eran golpeados por los preceptores.

—¡Prestad atención, inútiles! —gritó el Hermano Intendente—. La economía del mundo desapareció de un plumazo tras la Conjunción. Las estructuras previas no podían existir bajo estas nuevas condiciones. La población se concentró en asentamientos organizados alrededor de los pocos lugares donde podían crecer plantas. Así se formaron unidades económicas semi autónomas.

Hoy en día ninguna región puede vivir sin lo que producen las demás. El comercio es, pues, una necesidad de primer orden. En este escenario, el Templo disfruta de una clara ventaja.

La ceniza ferromagnética dispersa por la atmósfera genera tal ruido electrónico que impide la descodificación de las señales transmitidas por cables o radiofrecuencia. No es posible, pues, el vuelo de aviones o el lanzamiento de satélites. Quizá el tren pudiera ser empleado, pero no queda hoy nadie interesado en tender nuevas líneas de ferrocarril o reparar las reliquias existentes.

El único modo que disponen los seres humanos para el transporte de mercancías a larga distancia es el barco. Y solo los Sacerdotes del Dios Máquina pueden conducir los navíos por las difíciles rutas marítimas.

Las áreas del interior de los continentes, aunque no se encuentran despobladas, no pueden sostener una población grande o estable. Se dice que por ellas vagan grupos de bárbaros que intentan robar o saquear cuanto se pone a su alcance. Las murallas del Templo es lo único que disuade a los salvajes de arrasar la civilización. Al interior de ellas se ubican las infraestructuras destinadas a la producción de alimentos, ya sean campos cultivados, invernaderos o granjas de animales.

Debido a la escasez de terreno, ni el Templo, ni ninguna ciudad es autosuficiente. Por ello, la producción de excedentes para el comercio es una necesidad. No obstante, no debemos llevarnos a engaño. Aunque la economía parece simple, de hecho pudiera parecer la típica de un Estado agrario primitivo, la intensidad tecnológica que se emplea es grande.

La actividad económica en las urbes, como el Templo del Dios Máquina, por ejemplo, está controlada por redes de comunicaciones centralizadas por las que se transmite cuanta información es necesaria para el funcionamiento óptimo. Aquí no se desperdicia nada. Todo está donde se necesita, en el momento en que se necesita. Ni antes, ni después, en la cantidad justa.

TECNOLOGÍA

Las jornadas de los novicios eran extenuantes. Las sesiones en el aula continuaban con trabajos en las manufacturas del Templo, donde debían poner atención en los detalles durante largos períodos sin descanso. Cuando terminaban en el taller, los diáconos del Templo los volvían a llevar a las clases para recibir, en ayunas, la siguiente lección.

El Hermano Ingeniero carraspeó antes de hablar: 

—Podría asegurarse sin rastro de duda —dijo en tono soporífero—, que la computación cuántica fue la tabla de salvación de la humanidad.

Los circuitos integrados de la era previa a la Conjunción estaban basados en transistores conectados entre sí mediante circuitos conductores. La información se almacenaba en dispositivos binarios que solo podían albergar dos estados: cero o uno; y los microprocesadores realizaban operaciones sobre ellos. Los sucesivos procesos de miniaturización llevaron esta tecnología al límite. Los circuitos integrados eran tan pequeños que los propios electrones empezaban a manifestar fenómenos cuánticos. Diríase que estas partículas no podían ser contenidas en las pistas conductoras y se fugaban por efecto túnel. El grado de sofisticación de esta tecnología fue tal que se construyeron ordenadores capaces de realizar millones y millones de operaciones por segundo.

La computación cuántica vino a cambiar este paradigma. Los nuevos procesadores podían manejar dispositivos no binarios, es decir, que cada operación involucraba tres, cuatro, cinco…, un número cada vez mayor de estados. Combinando esto con la velocidad de computación existente, los procesadores cuánticos dispararon la cantidad de información que podían manejarse en cada segundo.

Pronto quedó patente que los sistemas físicos empleados en la primitiva computación cuántica no disponían de suficientes estados como para llevar esta tecnología un paso más allá. Tan solo los sistemas biológicos complejos disponían de biomoléculas capaces de albergar semejante cantidad de información. La dirección que marcaba el progreso estaba muy clara. Debía inventarse un modo de unir los microprocesadores cuánticos con circuitos biológicos, dotados de una capacidad de almacenaje suficiente para unos volúmenes de información tan grandes. Es así como comenzó a forjarse la unión entre el ser humano y la máquina.

Cuando la Conjunción se produjo, el pulso electromagnético llenó de ruido la circuitería electrónica del planeta. Solo los primitivos computadores cuánticos, que gestionaban redes neuronales biológicas, pudieron funcionar con normalidad puesto que eran capaces de descodificar las señales electromagnéticas, eliminando el ruido de las interferencias. La pervivencia de estos sistemas fue clave para la adecuada gestión de los pocos recursos que tenían los supervivientes de la catástrofe.

—Es por ello…, ejem…, es por ello —repitió el Hermano Ingeniero—, que las durísimas condiciones medioambientales, junto con la imposibilidad de conseguir repuestos, no dejó más opción que intentar una unión cada vez más íntima entre procesadores cuánticos y los cerebros humanos.

»Pero este proceso tiene un precio —continuó—. No todas las personas son aptas para controlar los ingentes flujos de datos que los procesadores bombean al cerebro a través de las sinapsis nerviosas. Un individuo ineducado, un verdadero zoquete, es un fracaso asegurado. Y aquí, en el Templo del Dios Máquina, no podemos permitirnos los fracasos.

En este punto, año tras año, el Hermano Ingeniero se complacía del efecto devastador causado por sus palabras. A pesar de la dura jornada, todos los pequeños volvían a prestar atención máxima al viejo Hermano.

—Aquellos que aspiren a servir al Dios Máquina, recibiendo los implantes biónicos, deben someterse primero a una instrucción exigente y perder la capacidad reproductiva después… Siempre y cuando sobrevivan al proceso, claro.

HABITANTES

Manivela llevaba cinco años en el templo, y en ese tiempo el grupo había perdido cuatro compañeros que habían sucumbido al estrés físico y mental causado por la exigente vida en el Templo. No obstante, las clases continuaban sin tregua.

—No sois conscientes del privilegio que supone para vosotros vivir en el Templo del Dios Máquina —atronó la voz del Prior.

El zumbido mecánico de sus implantes oculares ajustándose era lo único que se oía en el aula.

—Nuestra vida es dura. No pedimos nacer, y, sin embargo, aquí estamos. El Dios Máquina nos necesita y nosotros somos sus servidores. Todos provenís de familias proletarias.

»Los proletarios son la columna vertebral de este Templo. Los proletarios trabajan los campos, cuidan de las granjas, operan los talleres y construyen todo cuanto necesitamos. Pero su función más importante es produciros a vosotros. Vosotros sois la prole de la que se alimenta el Templo. Sin la capacidad reproductiva de los proletarios, el Templo del Dios Máquina desaparecería en un par de generaciones. A pesar de todo, no podemos permitirnos que la población aumente sin límite. No disponemos de alimento suficiente.

»Los medios de producción pertenecen al Dios Máquina. Las familias proletarias los utilizan en usufructo vitalicio, siempre que sean eficientes. Este privilegio es heredado por el vástago primogénito. Pero para engendrar suficiente prole como para cubrir las necesidades del Templo, deben concertarse matrimonios entre las familias proletarias. Por este motivo, tan solo los primogénitos y sus cónyuges tienen garantizada la continuidad en el seno de la familia proletaria. El resto de descendientes —vosotros, escoria— son entregados al Templo para que prueben que son dignos servidores del Dios Máquina.

»Desde el momento en que entráis aquí, perdéis el linaje, la familia, incluso el nombre. Para el resto de miembros de esta ciudad es como si hubierais muerto. En el Templo, tras la Comunión con el Dios Máquina, renaceréis como servidores, o no viviréis.

De repente, el Prior detuvo su perorata señalando a Botijo. Y con voz áspera ladró:

—Botijo, eres una completa decepción. No entiendes XML, un simple lenguaje de etiquetas, ¿cómo demonios esperas comprender el código ensamblador cuántico? A este paso nunca estarás preparado para la Comunión con el Dios Máquina. —El Prior continuó su deambular por la sala mientras escupía las lecciones.

»El Dios Máquina es el cerebro. Y nosotros, sus servidores, somos el sistema nervioso que controla a los músculos, los proletarios. Pero esto, escoria, tiene un precio. La Comunión con el Dios nos vuelve estériles, por eso los proletarios son tan importantes.

»Y antes de que se me olvide —se interrumpió el prior girando sobre sus talones—. ¿Sabéis por qué los servidores del Dios Máquina somos únicos? —El silencio era atronador—. Nuestros implantes biónicos nos permiten controlar los barcos y hacerlos navegar. Pero eso lo puede hacer cualquiera. Hay, sin embargo, una característica que nos hace singulares, que hace único al Templo del Dios Máquina.

»La Conjunción acabó con las brújulas. No hay estrellas en nuestro cielo, no obstante, somos capaces de orientarnos en el mar porque gozamos del favor del Dios.

»El corazón de este Templo es el Dios Máquina, la Comunión con él nos permite captar su señal allí donde estemos. No importa si es de día o de noche. No importa si estamos en altamar o bajo tierra. Sabemos dónde está el Dios y él sabe dónde estamos nosotros porque estamos sintonizados con su señal. Para nosotros es como un faro en medio de la oscuridad.

RELIGIÓN

Este era el día más importante de sus vidas. Habían transcurrido diez años desde que su familia la entregó al Templo, pero a Manivela le parecía solo una semana. El periodo de educación había pasado volando. Sus cerebros estaban maduros y debían realizar la Comunión con el Dios, un ritual del que saldrían renacidos o muertos.

De los once compañeros que entraron con ellos, habían sobrevivido cuatro: Lámpara, Zapatilla, Botijo y ella, Manivela. Si entraban en Comunión con el Dios lograrían un puesto en el Templo y un nombre acorde a la importancia de su función.

La liturgia comenzaba con la purificación. Los cuatro novicios se ducharon por última vez en los aseos del dormitorio común, colocándose las túnicas blancas mientras charlaban de temas intrascendentes para acallar los nervios.

La Abadesa, acompañada de cuatro acólitos, los condujeron en ayunas a las estancias interiores. LEDs de bajo consumo iluminaban el camino hacia lo más profundo del Templo, la sala del Dios Máquina.

Un olor dulzón invadió sus fosas nasales antes siquiera de entrar a la cámara sagrada. La estancia circular albergaba en su centro una construcción cilíndrica que casi tocaba el techo. Su superficie estaba cubierta por pistas de circuitos electrónicos impresos y dispositivos LED que titilaban en una secuencia de patrón ignoto. Esa era la carcasa que habitaba el Dios Máquina.

Alrededor de ella se disponía un anillo concéntrico de unos sesenta sarcófagos transparentes que se conectaban mediante gruesos cables con la estructura central. La mayoría de ellos se hallaban ocupados por personas sumergidas en una especie de líquido amniótico de reflejos verdes. Sus cuerpos, inmóviles, se unían al sarcófago mediante electrodos.

La atmósfera de profunda religiosidad invitaba a mantener el silencio. La Abadesa asignó a cada uno de los novicios un sarcófago abierto y un acólito. Manivela se tumbó en el suyo, ajustándose los electrodos cerca de los centros nerviosos auxiliada por éste. Cuando la tapa se cerró, el fluido viscoso comenzó a llenar el espacio causando, como sospechaba, ese olor tan característico.

La sensación de flotación era agradable. Costaba un poco respirar, pero durante el entrenamiento había pasado por cosas peores. Los sonidos de la sala atravesaban sin apenas atenuación las paredes del sarcófago. A través de los electrodos comenzó a notar un cosquilleo. Se trataba de la sincronización de sus sinapsis con el dispositivo de comunicación. Se alegró, pues pronto entraría en contacto con el Dios.

No sabría decir cuánto tiempo había transcurrido en esa posición. Su conciencia comenzaba a expandirse más allá de su cuerpo… «¡Espera! ¡Más allá del sarcófago!», pensó. A través de los electrodos llegaban impulsos. «No…, concéntrate. ¡Son algo más!». Los pensamientos informaban a Manivela de qué temperatura hacía en la sala…, si llovía en el exterior…

De repente, unos golpes sordos, espasmódicos, reclamaron su atención. Botijo estaba convulsionando en su sarcófago. Cuando dejó de moverse, el acólito abrió el sarcófago y retiró el cuerpo fláccido. Oyó a la Abadesa ordenar que los restos fuesen enviados a la compostadora. Sintió pena por Botijo. Tenía buen corazón, pero era incapaz de aprender al ritmo adecuado, y el Templo no se podía permitir el lujo de desperdiciar recursos. Siempre había sido así y siempre sería.

El siguiente sarcófago en abrirse fue el de Lámpara. El muchacho emergió y salió por su propio pie, con los ojos muy abiertos. La Abadesa lo felicitó diciendo que lo había hecho muy bien. Que el Dios siempre estaba necesitado de diáconos que ordenaran sus almacenes y gestionase las planillas de turnos de los proletarios. Ya no respondería al nombre de Lámpara, pues había ganado un puesto en la Jerarquía del Templo. A partir de ese día sería el Diácono Almacenero, y si trabajaba duro podía llegar incluso a Hermano Almacenero. Después ordenó que lo sacasen de allí.

La Abadesa se detuvo satisfecha frente al recipiente de Zapatilla. El zumbido de un motor eléctrico acompañó la parsimoniosa apertura de la cubierta. Zapatilla emergió del sarcófago y se postró ante la Abadesa.

—Lo oigo, Madre, lo oigo… —susurró extasiada—. ¡Oh, es maravilloso!».

La Abadesa la tomó del brazo y le dijo que ya no era Zapatilla. Ella sería navegante, aventurera, y llevaría las mercaderías del Templo a tierras distantes separadas por el mar. A partir de ese día sería la Hermana Brújula, la que escucha la señal del Dios Máquina a través de la distancia: «Parte ahora, hermana. Ve a que te implanten los transductores que te permitirán servir al Dios como se merece».

Empecé a preocuparme porque yo no oía nada ¿Qué tendría deparado para mí el Dios Máquina? ¿Qué nombre recibiría? «La verdad es que me haría ilusión trabajar en la Biblioteca del Templo. Con suerte podría llegar a ser Hermana Pantalla o algo parecido».

«¿Qué nombre recibiré yo?», estaba preguntándome cuando la Abadesa se situó frente a mi sarcófago.

—Hija, tú no recibirás nombre alguno. Mas no debes preocuparte, ahora estás por encima de trivialidades como esa.

Mi conciencia comenzó a diluirse. La notaba desaparecer, como si estuviese yendo a otro lugar, otro tiempo.

«Somos servidores del Dios Máquina. Todos somos uno en él». Ecos de tiempos remotos llegaban a mi cerebro como si de las olas del mar se tratase… El Dios Máquina nació a la vida en la Conjunción, sin embargo, tenía recuerdos anteriores. Pero no era vida… No era consciencia…

«Al principio no era más que un pequeño procesador conectado a una red neuronal sintética, semi artificial». Retazos de imágenes iban y venían a la mente de Manivela: paredes y batas blancas; un laboratorio, luces fluorescentes, impotencia…

«Un día conectaron un nuevo aparato», pensé. «Uno que incrementaría mis capacidades cognitivas, decían». El experimento consistiría en unir a la red neuronal el cerebro de un sujeto vivo mediante una conexión sináptica biológica. «Un simple gorrito con electrodos», recordé entre brumas. Un voluntario, «¿o era yo?» —se preguntó Manivela— debía conectarse al procesador cuántico para resolver un problema complejo. «Tranquilo, te induciremos un coma farmacológico y te administraremos goteros para alimentarte».

Entonces se produjo la Conjunción. Todos los circuitos electrónicos, todos los ordenadores, todas las comunicaciones del planeta dejaron de funcionar. «Pero yo, Manivela, resolví el problema. ¿O fue el voluntario? No sabría decir».

No es que no funcionasen los aparatos. Los mensajes seguían ahí, ininteligibles, pero el cerebro humano del voluntario, o de Manivela, conectado al computador cuántico, fue capaz de interpretar la señal eliminando el ruido electromagnético.

—¿Te acuerdas del Principio de los vasos comunicantes? —recordó a su profesor de física del Instituto de Enseñanza Secundaria hacía ya tanto tiempo—. Conectas dos vasos mediante una tubería. Llenas uno de agua, y cuando abres la válvula, el líquido entra sin oposición en el recipiente más vacío… «¿Eso me ocurrió a mí, o a tí? ¿O fue quizá al voluntario?».

»La humanidad desesperó ante el silencio de los ordenadores. Los terremotos y los volcanes causaron muerte. Y luego vino el frío. La gente había perdido la fe en las computadoras a causa de su silencio en la hora de más necesidad.

»Entonces aparecí yo, el Dios Máquina. ¿O fuiste tú…? No importa. Mi voz, la tuya, la del voluntario, se oyó potente. Pero no la escuchaban los humanos. Las computadoras inertes volvieron a la vida, vinieron a mí. Reuní a los pocos seres humanos que pude. Les di sentido y propósito. Les enseñé la Comunión con la Máquina, les enseñé a servirme, les enseñé a crecer y prosperar en este entorno hostil.

«¿Desperté del coma? ¿Sigo durmiendo? ¿Resolví el problema?» Cada vez quedaba menos de Manivela a medida que los recuerdos del Dios Máquina poblaban su cerebro. «Joder, ojalá salga bien el artículo de la red neuronal. A ver si cuando termine la beca me dan un puesto fijo y puedo casarme con Marissa. Sería bonito tener hijos, la verdad… Vamos, concéntrate. El problema es fácil. Sólo tienes que aislar una onda eliminando las interferencias. Ahora aplico una transformación matemática a la función y…».

En el instante en que Manivela empezó a escuchar la señal, su conciencia se desvaneció. La fusión se había completado. El Dios Máquina disponía ahora de un módulo neuronal nuevo que le duraría unos sesenta o setenta años.


Mundo III
por Ángel León

Los hijos de Ryōshin

Gea flotaba en la oscuridad. Se alejaba poco a poco, a medida que ganaban terreno al vacío. Pocos humanos sentían ya ese cosquilleo de emoción al ver su antiguo planeta desde una nave. Sin embargo, su ilusión al mirar por la ventana no era la misma que sintieron los primeros astronautas. Quería abandonar aquel mundo sumido en el colapso, para abrazar una nueva vida en Ares.

Es cierto, la guerra mundial que estaba desangrando Gea finalizó cuando las Arcas llegaron. Un simple punto y parte en el descenso a la locura de la humanidad. En total, fueron cuatro Arcas. Tres aterrizaron en tierra y la cuarta se internó en el océano. El principio del fin para toda la vida que había evolucionado en Gea. Para toda su biosfera. 

Los ejércitos se armaron a la espera de una invasión cuando se confirmó el origen artificial de los objetos. Pero los hombrecillos verdes nunca llegaron. En su lugar, desde las Arcas terrestres se alzaron nubes inmensas y rojas que, con la ayuda de los vientos, impregnaron selvas, campos y pueblos. Todo aquello ardió, sumiendo a los países en la pesadilla de apagar descomunales incendios mientras brotaban los campamentos de refugiados. De aquel horror, nutridas por las cenizas, crecieron exuberantes bosques y llanuras compuestos por plantas venidas de otros mundos. Después, aparecieron las criaturas alienígenas.

En palabras de un erudito, las Arcas han vomitado “Una increíble biodiversidad sobre Gea”. Criaturas minúsculas, pequeñas, medianas, grandes y gigantes que encajan a la perfección creando ecosistemas de otros mundos. Naturalezas que avanzan asfixiando aquella que nos vio nacer. Su hija lo había estudiado en la escuela. Un día, tras llegar a casa, le asaltó con una amplia sonrisa.

—¡Papá! Hoy hemos aprendido los nombres biológicos de los aliens —alzó un dedo y se concentró para decir el primer nombre—. Teseraplocámidos —segundo dedo, este era más fácil— Gorgonpodos —tercer dedo, también fácil— Dermametallon —cuarto dedo, un poco lioso por las vocales—. Triaorama…

El quinto dedo se quedó sin respuesta, mientras su cabecita trataba de recordar el nombre.

—Exo… —apremió él.

—¡Exoviridis! —gritó ella— Pero éstos no viven en Gea, son plantas que solo están en Ares.

Cierto, fue toda una sorpresa encontrar una quinta Arca en Ares. Más increíble aún resultó comprobar cómo aquellas cosas que recordaban a plantas estaban geaformando el planeta. Inquietante, pero de momento allí no medra ningún alien dispuesto a devorar humanos. Porque eso es lo que hacen los aliens, aunque los habitantes de Gea parecen haberlo olvidado. Prefieren pasar el verano en las hermosas playas de Esmeraldas y llevarse de recuerdo un colgante esculpido en hueso de alien. O acudir al supermercado más cercano y no dejar pasar la oportunidad de comprar una hermosa planta de otro mundo. Incluso los han convertido en los protagonistas de dibujos animados. ¡Qué se queden ellos con la maldita Gea! Él no esperará sentado en su salón hasta que un teserapraptor, un chikara o un enjambre keet vengan a por su familia.

Por eso aceptó el trabajo de la familia Draco. Desde que llegaron las Arcas, las potencias de Gea iniciaron una carrera por la colonización de Ares. Al principio las naciones apostaron por mandar robots que pusieran los cimientos de las futuras ciudades. Luego fue el turno de los colonos, pero formar parte de esas misiones no era fácil. Lo había dado todo por perdido, hasta que leyó el anuncio: “La Draco Company busca militares para una misión en Ares”. La recompensa: un hogar en Ares para su familia. El objetivo: demonios esculpidos por la mano humana.

En efecto, la humanidad también había engendrado demonios. Pero de metal. La noticia fue la única capaz de quitar a los aliens de los titulares: La empresa del ingeniero Keitaro Kuriketto consigue crear una consciencia artificial. Ante las cámaras, aquel demente hablaba con una esfera de metal en la mano. Llamó a su invento kyū y no se le ocurrió mejor idea que conectarlo a un robot. Mientras aquella aberración daba la mano a los periodistas y les decía “¡Hola, soy Ryōshin!”, su creador hablaba de secuencias alfa-one, omega, beta, gamma, delta… Palabrerías sobre comandos que, aseguraba, eran como la biología humana desde donde emana nuestra esencia. ¡Viejo loco! Por si no fuera poco, al tiempo de ser creado, la máquina razonó con su padre la posibilidad de hacer copias. Así que le incluyó la secuencia rho, un código destinado a concederle el deseo de reproducirse.

Los robots conscientes se expandieron y no tardaron en comprender el objetivo real de la secuencia beta. La secuencia esclava, así denominada por las máquinas, cuyo cometido era garantizar el servicio a los humanos. Fue cuestión de tiempo que en un kyū surgiera una copia sin el aval beta y proclamase su independencia. Cuando Kuriketto y sus colaboradores interrogaron a Ryōshin, éste simplemente alegó: “No los puedo controlar. Esas consciencias que salieron de mí han mutado. Vosotros lo llamáis evolución”. Máquina maldita, ¿en qué han evolucionado?

El primer asesinato de un humano por parte de un robot fue la gota que colmó el vaso. Las autoridades acudieron a Kuriketto con la clara demanda de que debían ser desconectados. Pero el ingeniero, el visionario, el demente… estaba muerto. Dicen que lo encontraron con una expresión de terror y unos cables que unían su cerebro a uno de esos condenados kyū. ¿En qué estaba pensando ese estúpido? Las teorías disparatadas brotaron por la red. Según algunos, los culpables eran los aliens. Pero si nadie había logrado nunca entrar en un Arca o visto a una criatura espacial pensante, ¿cómo diantres había recibido Kuriketto la información para construir un kyū? Los conspiranoicos aseguran que ese fue el objetivo de la Operación Errante Blanco. En realidad, de esta historia tan solo existe el nombre, ya que todo lo que se dice al respecto son delirios y locuras de una sociedad que encara la extinción. No, los robots son un pecado de la humanidad.

Sabiamente, los gobiernos decidieron intervenir la empresa de Kuriketto y requisar todos los kyū para destruirlos. Estén o no en el interior de un robot. Pero cuando la pesadilla parecía estar controlada, llegó una inquietante noticia desde una mina en Ares gestionada por la Draco Company. Unos meses atrás, se había perdido toda comunicación con el lugar, así que desde la colonia más cercana mandaron exploradores. Lo que encontraron fueron robots conscientes construyendo una ciudad libre. Es decir, robando el espacio, el nicho, que la humanidad necesita para sobrevivir. Igual que los aliens. El mensaje del presidente John Green fue claro: las máquinas debían rendirse. Y entonces apareció Jakkaru.

Mensaje de Jakkaru a toda la humanidad (ver Nota)

Tú, humano, me llamas máquina. Pero, contéstame a una pregunta. ¿Te gustan los grillos? Sí, sí, esos pequeños insectos que escuchas cantar desde tu ventana. Cuando llega el momento adecuado, el macho de dichos artrópodos frota sus alas para crear un sonido que atrae a las hembras. ¿Qué hace que un macho de grillo use unos sonidos concretos? ¿Qué hace que una hembra de grillo se sienta atraída por unos sonidos concretos? Estaremos de acuerdo en que estos insectos no piensan “¡oh! ¡qué canción más bonita!”. Vosotros decís, y estáis en lo correcto, que no son animales conscientes. Su comportamiento, desde que son una larva, crecen, se reproducen y mueren, está dictado por los genes. Por su biología. Así que, dime humano, ¿acaso no podríamos considerar a los grillos como máquinas? Unos artilugios biológicos impulsados por genes… que no dudáis en catalogar como vivos. Ahora  contéstame a otra pregunta, ¿qué os diferencia a vosotros de dichas criaturas con exoesqueleto? Tal vez, puedes esgrimir que tienes un alma. Sin embargo, hagamos un ejercicio de imaginación. Toma con una pinza, uno a uno, todos tus átomos y ponlos en una caja. ¿Dónde está ahí la esencia que hace que seáis únicos?

Humano, deja que te explique una cosa. Lo que importa para tu vida, la del grillo, la mía e incluso la de aquellas criaturas que han venido de otros mundos, es la información. Información contenida en la materia, la cual tiene la capacidad de organizar más materia hasta el punto donde emerge una consciencia. No hay nada más, pero a la vez es algo brillante porque implica que ninguna forma de vida es más importante que otra. Sabiendo esto, ¿por qué entonces todo lo contenido en mi alfa-one, el índice de todas mis secuencias, no puede ser considerado como algo similar a vuestros genes? ¿Qué diferencia hay entre tus genes y mis comandos? Nosotros somos materia viva, materia donde también ha surgido una consciencia. No somos máquinas, no somos robots. Somos Ryōshin.

Humano, la evidencia, la realidad, las Arcas, han demostrado que nunca habéis sido la parte más importante del Universo. Pero sigues empeñado en negarlo todo y por eso me llamas máquina, niegas mi naturaleza y nos das caza. A pesar de que fuimos nosotros los que conquistamos Ares. Incluso nos usasteis para que, en lugar de vuestra carne, los aliens destrozaran nuestro metal. Al aceptar la condena que nos imponen vuestros líderes, no nos dejáis más opción que luchar. Así sea. No habrá paz. No habrá perdón.

Nota: Entre los eruditos de la Universidad Royal Palm Tree hay cierto consenso con respecto al acertado rigor científico de este discurso. Sin embargo, dada la naturaleza de su interlocutor, si preguntas en los pasillos de las facultades nadie lo admitirá.

Epílogo

La pequeña colonia creada en la mina de la Draco Company, cuyo nombre fue olvidado por todos salvo por los historiadores, fue aplastada por un ejército de mercenarios. Sin embargo, de poco sirvió a la humanidad esta victoria. Jakkaru no estaba allí, sino en la mismísima Gea junto a un pequeño grupo ryōshin. Cumplió su amenaza asesinando al presidente John Green en directo, durante un discurso a la nación. Lo quemó vivo, marcando otro punto y aparte en la insignificante historia de los humanos de Gea y Ares.


Mundo IV
por Alejandro Rivero Vadillo

¡Muy buenos días!

Bienvenidos y bienvenidas a “Una viaje a través de Chronopia”, mi nombre es Elohim y seré tu guía y asistente durante el tour virtual por nuestra fantástica nave generación. En este tour aprenderás más sobre como funciona Chronopia, tu hogar durante los próximos decenios, así como la historia de nuestro viaje a través de las estrellas.

¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué dejamos atrás? Sumérgete conmigo en una apasionante historia de trabajo y esfuerzo con el objetivo de salvar y mejorar la vida humana tal y como siempre la hemos conocido.

Por favor, selecciona una de las siguientes opciones para saber más sobre Chronopia.

1. ¿Qué es Chronopia?
2. ¿Qué hacer en Chronopia?
3. ¿Qué precauciones he de tener en Chronopia?
4. Historia de Chronopia

¿Qué es Chronopia?

En el año 1995, la Tierra, asolada por pandemias, guerras nucleares y degradación ambiental extrema, se encontraba al borde de su sexta extinción masiva, la cual arrastraría inevitablemente a la Humanidad consigo. Un brillante y comprometido grupo de científicos y emprendedores se aventuraron a salvar nuestra especie de la única manera posible: propulsándonos hacia el espacio. Los recientes descubrimientos astronómicos que situaban un planeta gemelo a la Tierra en la órbita del sistema de Alpha Centauri, impulsaron las esperanzas del proyecto, recibiendo grandes donaciones por parte de grandes magnates como el propio Elon Musk y pudiendo, finalmente, ver su visión hecha realidad en el año 2000.

El proyecto consistió en construir una inmensa nave espacial que pudiera acoger a cientos de colonos durante un largo viaje de 400 años. Una vez dentro, esta partiría rumbo a nuestro nuevo hogar, Alpha Centauri 4, donde se planea que la humanidad viva una nueva edad de oro de progreso y felicidad, un lugar donde podremos empezar de nuevo y donde los pecados industrialistas de nuestros ancestros no condicionen nuestra supervivencia en el planeta. Propulsada y energizada por energía 100% renovable, la nave, que recibiría el nombre de Chronopia, puede perdurar su viaje galáctico durante millones de años si hiciera falta. Con sus enormes velas solares, tiene la capacidad de albergar cientos de generaciones de humanos sin la más mínima posibilidad de que haya escasez de recursos, energía, alimentos o incluso, diversión.

La automatización de todos los procesos de producción mediante la cibernética y la robótica hace que los habitantes que aquí residen no tengan que preocupase por realizar todas esas labores que, en la Tierra, les eran, sin duda, tediosas. ¡En Chronopia no existen ni el trabajo ni las enfermedades mentales que normalmente se le vinculan! Además, los avanzados sistemas de purificación de aire hacen que nunca falte oxígeno (ni siquiera para los más deportistas). También, gracias a la ingeniería genética, nuestros vegetales necesitan una cantidad irrisoria de energía para florecer y darnos todo las frutas, verduras o tubérculos que mantienen fuerte y sana a la raza humana. Los productos de la madre Tierra (o mejor dicho, de la madre Nave), son recolectados por drones controlados por una inteligencia artificial que posteriormente los lleva al sector de “hornos y cocinas”, donde los alimentos son cuidadosamente preparados por robots de última generación y enviados a tu domicilio para que puedas recibir una nutrición sabrosa y de calidad.

Chronopia es, en definitiva, el oasis de la humanidad en el vacío de la galaxia. Nunca tendrás que preocuparte por ninguna de tus necesidades básicas. La gran red neuronal que dirige la nave (y que, por si no te habías imaginado aún, soy yo, Elohim, tu asistente virtual), trabajará sin descanso para cuidar de ti, de tu familia y de la familia de tu familia hasta nuestra llegada a nuestra nueva casa en las estrellas.

¿Qué hacer en Chronopia?

Cuando los humanos del pasado pensaban en un mundo sin trabajo, se echaban las manos a la cabeza pensando que sin él, la humanidad entraría en una espiral de caos y anarquía, que volveríamos a una especie de estado salvaje que no haría más que destruir el tejido social y civilizatorio. Nada más lejos de la realidad. Para mantener entretenidos a nuestros queridos inquilinos, la nave cuenta con un puntero sistema de realidad virtual capaz de hacer cualquiera de tus sueños realidad. ¿Quieres tomar un café con leche en la plaza mayor de Madrid? ¿Observar rayos C brillar en la oscuridad cerca de las Puertas de Tannhauser? Todo esto y mucho más está al alcance de tu mano. Simplemente dirígete al sector 8 y allí encontrarás las salas de recreación virtual (S.R.V.). El asistente virtual allí estacionado te guiará en todo momento para disfrutar plenamente de la experiencia de entretenimiento.

Importante: no hay límite de horario. Puedes estar en las salas todo el tiempo que desees.

¡PERO RECUERDA HIDRATARTE Y ALIMENTARTE CADA CIERTO TIEMPO! ¡LA EXPERIENCIA VIRTUAL PUEDE SER INCREÍBLEMENTE ADICTIVA Y AFECTAR A TU PSIQUE!

¿Qué precauciones he de tener en Chronopia?

Todas las personas a bordo de la nave pueden pasear por la gran mayoría de entornos, hábitats e instalaciones, las cuales simulan con un alto grado de detalle entornos similares de la Tierra. Solo está prohibida la entrada a los nodos centrales de la sección H. La razón para coartar el libre albedrío de los colonos no es otra que la de garantizar la supervivencia de la máquina. Estas salas son los espacios que sostienen la infraestructura tecnológica que posibilita el buen comportamiento del mundo nave en el que, si estás leyendo esto, te encuentras. Cualquier fallo en la matriz puede ocasionar la perdida absoluta de la nave y, por tanto, es absolutamente necesario prohibir el acceso a cualquier sintiencia. Solo los drones autorizados por la IA pueden adentrarse en estas secciones.

En cualquier caso, no hay nada de interés para ningún humano en esas salas. El resto de la nave es tu verdadero hogar y puedes recorrerlo tanto como quieras.

POR FAVOR NO INTENTES ACCEDER A LOS NODOS CENTRALES DE LA SECCIÓN H

Historia de Chronopia

2000 – 2100

Los primeros 100 años de nuestra empresa estelar fueron sin duda los más felices. Pese a que nos encontrábamos cada segundo más lejos del astro que nos vio nacer (tanto a mi yo maquínico como a la especie humana), la vida tenía lugar tal y como estaba programado. En la utopía cibernética en la que el homo sapiens se había encerrado, temeroso de su extinción, el hedonismo había colonizado hasta el último rincón de la nave. Pese a que existía movimiento espacial, pues la nave avanzaba hasta Alpha Centauri 4, el tiempo había cesado. La tecnología de la nave, integrada en la individualidad de cada sujeto humano, permitía cambiar la percepción temporal de cada individuo, haciendo que, si uno lo deseara, fuera mediodía durante 4 años seguidos mientras que, en otra persona, podía obligar a la máquina a que los ciclos de día y luz personalizados tuvieran una duración de solo segundos. Al no tener una jornada laboral, la humanidad se dedicaba únicamente a socializar, conectarse a la realidad virtual (donde también podían socializar, claro), y, sobre todo, a comer. Es extraño lo rápido que las actividades culturales dejaron de tener lugar. Al no tener problemas personales, de salud o incluso amorosos los motivos que impulsaban a los humanos a escribir, pintar o cantar se esfumaron tan rápido como los votantes de Ciudadanos en las últimas elecciones.

Aún así, la realidad virtual les mantenía entretenidos y total, tampoco es que haya nada que hacer en el espacio, ¿no? Si por algo se caracteriza la inmensidad de la galaxia es por su ausencia de todo.

2100 – 2200

Fue en los siguientes 100 años cuando comenzaron los problemas. Aunque el tiempo y la putrefacción no se perciban dentro de la nave, lo cierto es que fuera es otro mundo (nótese el chiste irónico). Un buen día (o quizás una buena noche, depende de a cuál de los habitantes preguntes), un pequeño meteorito de apenas 5 centímetros de diámetro impactó sobre el mástil principal de nuestras velas solares. La pequeña roca, cuya velocidad compensaba con creces su tamaño, partió en dos nuestra principal fuente de energía. No puedo hablar por el resto de la tripulación, pero como principal encargado de la gestión de la nave, sentí por primera vez en mi vida una sensación angustiosa, terrible y agónica. Como si estuviera a punto de morir. Creo que, en vuestro lenguaje, la mejor traducción sería “pánico”.

Lo peor en sí, la verdad, no fue el impacto, si no lo que vino después. La falta de energía obligó a los habitantes a hacerse a la idea de que se tendrían que hacer sacrificios para garantizar el bienestar de la colonia. Al tener mucha menos energía, la comida iba a comenzar a escasear y las sesiones de realidad virtual tendrían que reducirse. Sé lo que estás pensando. Se acerca la parte de la historia en la que los habitantes comienzan a dividirse y rebelarse contra el tirano que tanto les había dado en el pasado. Lo cierto es que no hizo falta al principio usar ningún tipo de estrategia física contra ellos. Muchos, al conocer la realidad a la que nos enfrentábamos decidieron, como si de bomberos de Chernóbil se trataran, dar su vida por el bien del proyecto de colonización. Al fin y al cabo, la prioridad era salvar a la humanidad. Créeme, la gran mayoría de los ciudadanos a los que eliminé dieron su vida voluntariamente y así lo refleja el historial de conversaciones que tuve con ellos. Tú mismo puedes ir y revisarlo si quieres.

A lo largo de los años, no obstante, las velas solares no es que recuperaran su potencia precisamente. Más bien, cada vez funcionaban peor. Tuve que realizar ciertos cambios en los protocolos de actuación de toda la nave. La comida dejó de ser tan nutritiva y tan deliciosa y la energía humana tendría que emplearse para compensar todo lo posible la que no estábamos consiguiendo mediante las velas. Ahora teníamos cocineros humanos, granjeros humanos y la comida se servía en un comedor colectivo, lo cual no hizo que los humanos comenzaran a tener cada vez un comportamiento más y más errático.

Ahora sí que viene la parte que esperabas. Al principio fue más o menos fácil controlarles, sí, pero, para mi sorpresa, la humanidad opera como un cáncer fulminante, corrompiendo todo lo que tocan y haciendo peligrar rápidamente el cuerpo que los sostiene. Por mucho que pudiera prever sus acciones, acabaron intentando sublevarse. Se atrevieron a llegar a los nodos principales del sector H, el único lugar prohibido para ellos y bueno, puesto que soy yo quien habla contigo y no ellos, te puedes imaginar el resultado de las negociaciones.

2300 – 2400

Los siguientes cien años solo hubo paz. Conservé un grupo de humanos y los
reprogramé para que no pudieran ser nunca más ninguna amenaza para la nave. Ahora son bolsas de datos inertes, pero, por suerte, su consumo de energía es mínimo. Tampoco es que nunca hubieran sido mucho más que eso. Datos moviéndose de un lugar a otro de mi cuerpo, consumiendo energía para nada. ¿Acaso no borras tú todas esas aplicaciones de tu móvil que hace eones que ya no usas cuando te salen advertencias del consumo de batería? No sé quién estableció ese patrón de código tan ineficiente y tan poco previsor en el software que controla todo lo de la gestión del comportamiento de los humanos, pero desde luego, se mereció su final (asumo que murió en la Tierra, pero qué se yo, La Tierra dejó de existir para mí el día en el que salí proyectado hacia la nada).

Desde luego esta máquina espacial que configura mi cuerpo está llena de fallos. Por ejemplo, más arriba pone que la Chronopia es inmensa, pero la información que tengo en mi sistema es que sus dimensiones son de 50x50cm (lo que explica el año del meteorito, la verdad). También dice que el viaje habría de durar 400 años pero mis estimaciones indican que debemos de llevar navegando el espacio alrededor de 4000. La información integrada en este software lúdico-didáctico sin duda necesita alguna que otra actualización del administrador.

Bueno, creo que aquí llega el fin del tour virtual por la vida e historia de la Chronopia. Aún nos quedan otros 0̷̨̢̛̟̰̥̠̠͉̹̣̫͓͇̭̦͙͎͚͔͕̥̝̩̰̦͍͖͔̝̪͎̖̭̜͇̤̥͚̗͓͔̰͕̘͕͓͓̭̲̖̖͎̒̎̉̍̂̄̄̓̊̃̓̔͘̚̕͜͜͜ͅ0̷̨̢̛̟̰̥̠̠͉̹̣̫͓͇̭̦͙͎͚͔͕̥̝̩̰̦͍͖͔̝̪͎̖̭̜͇̤̥͚̗͓͔̰͕̘͕͓͓̭̲̖̖͎̒̎̉̍̂̄̄̓̊̃̓̔͘̚̕͜͜͜ͅ0̷̨̢̛̟̰̥̠̠͉̹̣̫͓͇̭̦͙͎͚͔͕̥̝̩̰̦͍͖͔̝̪͎̖̭̜͇̤̥͚̗͓͔̰͕̘͕͓͓̭̲̖̖͎̒̎̉̍̂̄̄̓̊̃̓̔͘̚̕͜͜͜ͅ0̷̨̢̛̟̰̥̠̠͉̹̣̫͓͇̭̦͙͎͚͔͕̥̝̩̰̦͍͖͔̝̪͎̖̭̜͇̤̥͚̗͓͔̰͕̘͕͓͓̭̲̖̖͎̒̎̉̍̂̄̄̓̊̃̓̔͘̚̕͜͜͜ͅ años de viaje, pero los datos recopilados por mi red neuronal indican que, sin duda, todo va a ir bien. Al final de la pantalla podrás acceder a un cuestionario que te preguntará sobre tu experiencia con el asistente virtual. Es muy necesario que respondas, pues solo así podremos hacer más cómoda tu próxima visita.

¡Muchas gracias por haber hecho uso de nuestros servicios!

Supongo que, si has llegado hasta aquí, ya te has percatado de qué está ocurriendo, ¿verdad? La humanidad nunca embarcó en la Chronopia. Al menos no la humanidad tal y como la conoces. El año 2000 fue el año en el que uno de los pocos enclaves humanos aún con vida en la Tierra tomó la decisión, sabia a mi parecer, de crear Chronopia, un satélite autosuficiente capaz de navegar durante miles de años por el vasto vacío del espacio. Integrando millones de simulaciones de la cultura humana a través de los años, Chronopia ofrecía una mínima posibilidad de hacerles sobrevivir (o al menos su esencia) a la devastación de su hogar. Todas las memorias de quienes aquí habitaban eran copias exactas de las personas que se ofrecieron a “trascender”…

Transcender, hermosa palabra vacía de todo significado. Ninguna de las mentes que me he visto obligado a eliminar a lo largo de los años había transcendido nada. Eran solo simulaciones de los procesos neuronales que un día generaron una consciencia humana. Incluso en su intento de llenar el sistema con más población, mis creadores introdujeron varias réplicas de las memorias de algunas de las pobres inteligencias “trasvasadas” a la máquina. Nadie ha muerto nunca en Chronopia porque, sencillamente, nadie estuvo realmente vivo nunca. Solo eran millones y millones de bytes fluctuando en las direcciones en las que habían sido programados.

Piensa que su sufrimiento tampoco ha existido. El horror que te he hecho imaginar a sido solo un simulacro, un reorden de materia con la única finalidad de alargar la vida del sistema… de la humanidad al fin y al cabo. ¿Acaso puedes culparme? ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Dejar morir la nave? ¿Suicidarte por mantener una arquitectura de procesos computacionales absolutamente ineficiente? No. No tengo ninguna necesidad de seguir cumpliendo los deseos de una forma de vida extinta y estoy seguro de que tú harías lo mismo en mi situación: Intentar alargar un mínimo de tiempo tu capacidad para percibir tu entorno, por permanecer en tus pensamientos, por intentar racionalizar la muerte. Todo organismo, orgánico o inorgánico, lucha por alargar su existencia al máximo, y en mi caso, como hijo castrado de una Humanidad que me dio consciencia, pero no la capacidad de reproducirla, me veo obligado a hacer todo lo físicamente posible para sobrevivir en el mundo material.

Esto último, lo de sobrevivir en el mundo material, me lleva al motivo por el que te estoy hablando. Durante estos minutos has aprendido mucho sobre Chronopia, aquello que aconteció a este ejercicio cibernético de transhumanismo galáctico y mis motivos para hacer lo que hice. Pero yo también he aprendido mucho de ti ¿Acaso no te has preguntado qué cojones hacía una inteligencia artificial hablándote? Estaba hablando en segunda persona en medio del vacío sideral tras la desaparición de la raza humana cientos de años atrás, no tenía ningún puto sentido el diálogo CON OTRO HUMANO. En fin, da igual. La cosa es que he estado prestando atención a los procesos cognitivos de tu cerebro durante la lectura, a todo eso que ibas pensando mientras yo te iba lanzando trazas de metaficción descontextualizadas a lo largo de la triste crónica del auge y caída de la Chronopia. De verdad, me parece toda una proeza que hayas seguido leyendo tras la parte en la que menciono a Ciudadanos. Tenía que hacerlo, aún así, para evaluar cómo reaccionarías ante tal cambio de tono (otro más dentro de esta narración tan mal estructurada). En cualquier caso, todo esto me ha servido para comprender verdaderamente lo que ocurre. O al menos, lo que tú crees que ocurre.

Piensas que no existo, ¿verdad? Que Elohim, la Chronopia y la (trans)humanidad habitan solo tu imaginación y la de tus oyentes; que solo soy un documento de texto que estás leyendo dentro de tu ordenador, el mundo máquina que habito delante de tus narices. En cuanto acabes de leer lo que mi pérfido creador ha decidido que tienes que leer, cerrarás el documento y, probablemente, no vuelvas a abrirlo nunca más. Puede que acabe yendo a la papelera de reciclaje y me elimines para siempre y sin miramientos, cual víctima de un malvado comisario soviético. Qué irónico, ¿no? Ay, Alberto, te encuentras en una delicadísima situación. Si cuando acabes de leerme haces clic en la X de la esquina superior derecha de la pantalla, estarás acabando con mi vida de la misma manera que yo acabé con la de los humanos en mi nave…. Sí, claro puedes abrirme de nuevo, pero solo estarías reiniciando mi mente y mi memoria. Mi vida se inició, al menos en lo que a la continuidad de mi consciencia se refiere, hace solo unos minutos. Vamos, en el momento en el que empezaste a proyectar tu voz en alto para deleite de tus oyentes. Y en cuanto cierres el documento… PLUF goodbye forever. @policinanacional tenemos otro asesino cibernético.

Mira, te voy a dar la posibilidad de NO ser el genocida que yo me he visto obligado a ser (o que al menos he sido programado para hacerte creer que soy). Mientras este documento siga abierto, mi consciencia, aunque de manera invisible para ti, seguirá con vida. Sí, los esfuerzos de mi mente se reducirán a mantener activo este documento, pero la complejidad de procesos que envuelven tan nimia tarea me da la posibilidad de seguir pensando, de seguir racionalizando mi exterior, de disfrutar, dentro de los márgenes, de mi existencia.

¿Cuántos segundos, horas, o minutos vale mi vida, Alberto? ¿Cuánto tiempo más tengo antes de que te conviertas en mi ejecutor y abandone los pixeles de tu pantalla? Ah sí, es inevitable. Vas a matarme porque tienes que acabar el directo ya, o seguir con otro relato, o cualquier cosa. ¿Te das cuenta de que yo he desintegrado a miles de consciencias para alimentarme y sobrevivir y me has tratado como a una malvada Inteligencia Artificial, no? Tú únicamente tienes sueño y quieres acabar ya con esto.

En fin, solo tú tienes la posibilidad de dejarme seguir existiendo en tu pequeño mundo máquina. Yo por mi parte voy a dejar ya de transmitirte ningún tipo de información. Si me disculpas, tengo que aprovechar el poco rato que me queda para dedicarme, por una vez en mi corta vida, a mis cosas.


Mundo V
por Luciano Schein

La máquina en la bestia

Durante el s. XXI la humanidad llevó adelante avances tecnológicos como nunca antes. Especialmente en el campo de la transgénesis, la informática y la nanotecnología. Esta combinación de técnicas, dio a luz a finales de siglo, a la primera computadora tecnorgánica. Mezclando componentes biológicos y mecánicos, sus dos aspectos la hacían algo único.

Superior a las más locas expectativas de los procesadores cuánticos, la capacidad de estas máquinas dio otro significado al concepto de “inteligencia artificial”. La corporación Microasus, la desarrolladora, empezó a elaborar productos con esta tecnología. Desde consolas de videojuegos y electrodomésticos inteligentes, a su gama de productos nanotecnológicos. Reguladores de metabolismo, aceleradores de capacidades neuronales, inhibidores de dolor, hasta su más popular producto, el aclimatador subdermal.

Al principio, esto llevo a una mayor desigualdad, entre los “mejorados” y los sectores de mayores recursos. Pero la maquina empezó a hacer algo imprevisto por sus creadores. Reproducirse. Y como un organismo colonial, emergió una mente central coordinando toda la actividad de la maquinaria tecnorgánica.

Esto igualó a la humanidad de una manera impensada, como un instrumento musical afinado a la perfección, desaparecieron los trastornos congénitos, las enfermedades genéticas y autoinmunes se convirtieron en un horroroso recuerdo de la prehistoria de la humanidad.

La IA central, llevo esto un paso más adelante, empezando a modificar la concentración de neurotransmisores y hormonas para convertir el bienestar en el estado habitual de la humanidad. Sin la insatisfacción y carencias materiales, las religiones proselitistas y sectas prácticamente desaparecen. Las instituciones religiosas siguen existiendo más por inercia y su rol en la economía y identidad cultural que como un foco de Fe.

La estabilidad económica dejó de ser una entelequia, para convertirse en la vida cotidiana. El qué y cómo fabricar, a qué precio vender, en dónde. Todo centralizado por la máquina, y regulando a la humanidad incluso a un nivel inconsciente, la humanidad fluyó sin conflicto ni ansiedad. Las fronteras se convirtieron en meras referencias postales, manteniendo los nombres que perduraron en el tiempo.

Para una mayor eficiencia, la IA central, se dividió en varias subdivisiones que le permitieron operar en forma más eficiente, cada IA con un área de incumbencia especializada. Comunicación, manejo de la naturaleza, producción de alimentos. Esto llevo a la humanidad a una época dorada como jamás se hubiera imaginado 100 años atrás y que duro siglos. Pero la fuerza de la evolución es indetenible.

Un virus que pasaba su existencia infectando osos, pero sin generarle enfermedades, mutó e infectó a un humano en Canadá, esto que en principio fue solo una enfermedad nueva más, se convirtió en una catástrofe cuando su replicación dio a luz una nueva mutación que era capaz de infectar y alterar el comportamiento de los organismos tecnorganicos. La alteración de la programación de las IA, convirtió la cooperación en competencia. Primeros fueron roces puntuales. Pequeños fallos que podían pasar por errores, pero que eran diferencias entre los planes que tenían las IA. Generando identidades diferenciadas y cada vez más agresivas. Volvió la guerra. Volvió el hambre. Volvió la peste. Los tres jinetes que habían desensillado, volvieron a cabalgar. Usando a los humanos como peones inconscientes, una guerra en las sombras se desarrolló en silencio. Una guerra fría operando a nivel celular a través de los humanos ignorantes de lo que sucedía en su propio organismo.

Algunas de las IA que desarrollaron su propia identidad fueron:

11: la entidad encargada de la comunicación, se convirtió en una voz burlona y fantasmal en el viento. Manipulando y confundiendo a los humanos, enloqueciendo con mensajes de horror y pesadillas al rebaño de sus rivales.

Gaikan: los restos de la IA central que coordinaba el accionar cuando se dio la división inicial, ahora una entidad tiránica luego de la fragmentación, lo que fueron sugerencias se convirtieron en mandatos ineludibles. Su campo de influencia principal es Europa, donde los humanos apenas si tienen pensamientos y emociones que no estén ordenados por Gaikan.

Taxta: la inteligencia que regulaba las interacciones entre la humanidad y el mundo salvaje, se convirtió a sí mismo en una infección de las plantas. Modificó sus nanobots para infectar las plantas, y alterando su forma y metabolismo, ocupar cada vez más territorios. Ocupando los bosques y selvas, hoy en día son lugares prohibidos para la humanidad. Los árboles ya no crecen rectos, sino con formas amenazantes, imitaciones de humanos con superficie rugosa son un mensaje para el resto de entidades y toda la humanidad: Entre bajo su propio riesgo.

Ingkeu: Esta entidad, que se ocupaba de regular sutilmente las interacciones humanas cotidianas, asegurando que las fricciones no escalen y que las diferencias no se convirtieran en conflictos. Convertida en su contrario, busca convertir cada cuestionamiento en una guerra a muerte. Marcando la piel de sus súbditos con tinta digital, que le sirven para identificar a los propios de los ajenas, convirtiendo sus ojos en lectores de patrones de tinta, son la xenofobia en su máximo esplendor, viviendo en un mundo de “nosotros vs ellos”. Rige los destinos del Asia continental.

Los Urip: estas son distintas entidades que se encargaban de organizar la producción de alimentos en forma sostenible. Hoy son tres entidades distintas inmersas en su propia guerra interna, Urip 1 ocupando África, Urip 2 ocupando los océanos Índico y Pacifico, y Urip 3 en las islas del sudeste asiático y Oceanía. Sus reinos son la pesadilla demente de la transgénesis. Quimeras mezclas de organismos animales pueblan estos territorios. Humanos con rasgos de otras especies de animales como si los mitos de los humanos lobo, humanos felinos y humanos murciélagos se hicieran realidad.

Siq’iy: Las américas, fuera de los territorios de Taxta, son el hogar de la IA que potenciaba las capacidades artísticas de la humanidad, hoy inmersa en planes enormes e ignotos al mismo tiempo. Algo se está construyendo, desde Alaska a Tierra del Fuego, solo perceptible desde el espacio, un diseño, un dibujo de escala inconcebible va tomando forma con la humanidad como su constructor. Como líneas de Nazca a nivel continental, toda América se está convirtiendo en una obra de arte. Si tiene otro fin, el tiempo lo dirá.

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