Caravasar de las Dagas

El historiador persa Yuwayni, responsable de inmortalizar las hazañas del gobernante mongol Hulagu Kan, encabezó la comitiva que irrumpió en una biblioteca condenada a muerte. Con las manos enguantadas, vigilado por los siervos del Kan, el persa desenrolló pergaminos alquímicos, tratados de filosofía, delicadas copias del Corán y, de pronto… en un estante alumbrado por el haz oblicuo de una rendija que hacía las veces de ventana en el grueso muro de piedra: la autobiografía del primer Viejo de la Montaña.

Los mongoles, nativos de la estepa con la espalda cubierta por escudos de junco, no compartían su solemnidad y, cansados de esperar, tumbaron las librerías y encendieron las antorchas. Yuwayni, disimulando su congoja, asistió a los preparativos de la quema con una discreta mirada de soslayo. No tenía sentido lamentarse. «No», masculló. En sus manos tenía el génesis de la secta
que durante dos siglos se había convertido en el azote de sultanes, visires, condes y templarios, y de sus manos y su voluntad, de aquel máximo e inesperado honor, dependía que dicho azote fuera recordado a través de las palabras que le dieron sentido…, a través de Hasan-i Sabbah, fundador de los Asesinos.

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